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Cuando dejas que Dios tome las riendas…

La semana pasada pasé un largo rato en el  Santísimo. Llorando le pedí que me pusiera en el camino en el que debía estar. Que me sentía aburrida y abatida por la lucha diaria que implica estar en un lugar en la que el lenguaje común es duro, fuerte, rallando casi en el irrespeto. Que me diera paz, que me mostrara claramente el camino por el que debía pasar. Que si era momento de moverme me lo dijera y que si no, pues que también me lo hiciera saber. Pedí sabiduría para saber distinguir cuando me fuera hablar y valor para hacer su voluntad y no la mía.

Ayer me dieron “retroalimentación” si es que se puede llamar así. Que si me encuentran “negativa” (remitirse a la nota de ayer y por ende a mi descargue de frustración y rabia) y yo por supuesto colapso. En todo el torbellino de emociones que tenía en el que predominaba la rabia por lo que estaba diciendo, siendo que ellos no son precisamente las personas más positivas y empáticas del mundo, le suelto su buen par de verdades.

Empiezo por decirle justamente eso, que ellos no son los más positivos ni empáticos. Ellos mismos lanzan expresiones mucho más “negativas que la mia” diciendo que mejor cerraban el negocio y listo. Que hay personas y departamentos que no hacen más que poner excusas y trabas cuando uno presenta planes y opciones. Que aquí le hacen caso al que más grita, y que si los grandes  no se meten, los de abajo no mueven ni un solo dedo.

Continúo exponiéndole lo poco que he aprendido de mí. Que soy toda emociones y ese precisamente es mi “driver”. Soy una persona y como tal, todo lo tomo como un reto personal, porque finalmente el trabajo es y ha sido siempre, parte esencial de mi vida. Mi motivación son mis ganas de ser la mejor, de superarme, de que me valoren y tener la satisfacción del deber cumplido. Cuando el ambiente es tóxico todo el tiempo y no hacemos más que recriminar, criticar, exhibir, y ser “negativos”, es muy difícil “percibir” las cosas de un modo diferente.

Hace un par de años realicé un proceso de coaching, y lo que aprendí es que tenía que cuidar de mí, que yo debía buscar el camino a mi felicidad, a mi paz, basado siempre en lo que Cristo nos vino a enseñar: el Amor. Le dije que aquí lo único que nos interesaba era el número, y no importaba la forma en la que llegáramos. Que para él, las discusiones eran solo del trabajo y que a los 5 minutos venía con su cara de yo no fui, olvidando por completo el altercado que se tuvo. Que para mí esas discusiones no eran nada más de trabajo, porque yo soy lo que hago. Le digo que para mí son importantes los resultados pero aún más, la FORMA en la que llegamos. Que entendía que había oportunidades en las que sin lugar a dudas era necesario elevar el tono de la discusión, pero que yo creía que no debía ser así TODO el tiempo. Que yo creía y creo que hay mejores FORMAS de llegar a los resultados sin herir a las personas y llevándonos lo que sea que esté frente a nosotros a nuestro paso.

Le dije sobre cómo llegaba a mi casa, estresada, de mal humor y que inclusive había caído en una depresión y había tenido que ser medicada para tratarla (creo que aquí se me fue un poco la mano, pero sentí la necesidad de decirlo y lo dije), por las discusiones y tratos que teníamos aquí. Y que la única forma que me había funcionado era colocando esa barrera que él llamaba “negatividad” para que no me afectara, pues ya no podía seguir en este carrusel de emociones.

Solté toda una lírica de como yo no era como mis compañeras que les importaba un reverendo pepino (por supuesto no fue esa la palabra que utilicé) cuando ellos discutían, o cuando imponían lo que sea que quisieran decir en su estilo muy particular. Yo soy persona, yo tengo emociones y si bien puedo gestionarlas, hay algo que para mí a todas luces puede ser diferente para mejor para que no nos desgastemos en el proceso.

Le digo que estoy muy clara sobre la forma en la que él ve las cosas y que él se va a su casa tranquilo, porque se siente bien con cómo se están dando las cosas, no ve que esté pasando nada malo y que sé que no va a cambiar porque finalmente, está feliz con eso y que de hecho no estoy pidiendo que cambie tampoco. Pero si esto es lo que yo siento y que sé que la empresa no va a cambiar, la que tiene que cambiar soy yo. Y… ¡eso es lo que estoy haciendo!

La retroalimentación que recibo es que estoy siendo muy radical. Que parte de sus responsabilidades que es que yo me sienta bien en la posición y dentro de la compañía y asegurarse de que la comunicación fluya de forma correcta. Que ya estaba claro de que había cosas que me molestaban y que iba a trabajar en eso. Y que aunque yo no lo creyera, él era una persona muy emocional (acto seguido me rio y le digo que me disculpe por no creerle) y que aunque efectivamente yo no le creyera, en efecto nos estimaba y nos quería mucho a todo su equipo gerencial.

Y todo este cuento para concluir que… este es Dios hablándome. Este es Dios respondiéndome. Fui y le pedí que me hablara, que me mostrara el camino, que me diera una señal, y sin hacerse esperar, me manda esta conversación en la que dije lo que quería decir.

Mi trabajo ahora es hacer su voluntad. Seguir entregándole toda mi vida para que me enseñe, así como me lo hizo con esta situación, cuál es el camino que debo seguir. Puede ser que todavía tenga cosas pendientes por hacer aquí y que tenga una misión específica con algunas personas en este lugar. O puede ser que solo me haya dado la oportunidad de expresar mis sentimientos para no llevarme cargas pesadas para lo próximo que tenga para mí.

Lo cierto es que me escuchó, recibí respuesta, me dio exactamente lo que pedí: sabiduría para reconocer su obra y ahora valor para hacer su voluntad.

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